lunes, 13 de agosto de 2018

Dentro del Parque.




Dentro del Parque.

Fueron seis, o tal vez siete los domingos sin sol en la ciudad. Viento, lluvia, series o noticias de mierda. Domingos iguales. Distintos pero iguales, ásperos. Soberbios de cuello alto, con bufanda, que competían para ser el peor.
Pero ese domingo fue distinto. Fue claro como una mente despejada de problemas. Tan desubicado como necesario.  El Parque Castelli se lució ese día. Tenía montañas de pasto quemado y algunos árboles caídos. Había tres arcos de fútbol y un carrousel barato, con olor a garrapiñada. Esa tarde se jugaron varios partidos sin árbitro. La pelota rodaba un poco, picaba mal siempre, ante la desatenta mirada del tercer equipo que esperaba intentando pegarle al travesaño del arco más alejado. La cancha de bochas no abrió ese domingo. 
Alrededor de las cuatro de la tarde las voces de los niños ya se mezclaban con los gritos aislados del cuarto partido en la cancha principal. Mate y reposera, familias enteras y parejas rebeldes. Todo brillaba con el sol fresco.
También Sara.
Desde que llegó, no se movió del concreto que funcionaba de asiento y separador a la vez entre el césped y los modernos fierros negros de estiramiento y ejercicio.
Unos zapatos de taco desgastados y pantalón negro se dejaban ver por debajo de un manto de vicuña marrón, que tal vez tenía más que sus sesenta años. Parecía sucio y prolijo a la vez.
Sara tenía un cabello negro larguísimo y ese domingo lo llevaba suelto. Algunas canas gruesas se desprendían como rulos al viento sin viento, y brillaban.
Su pierna izquierda se posó sobre su derecha y parecía llevar un ritmo con su tobillo, acompañado del dedo anular derecho, al que le pesaba una alianza. Una botella de gaseosa sin etiqueta, repleta de agua, y una bolsa de regalo que parecía contener papeles acompañaban a Sara.
Y su mirada.
A su alrededor nadie parecía observarla. Casi que no parecían verla. Dos veinteañeros se sentaron un buen rato en el cemento junto a ella y no notaron su presencia. Sara tampoco. Su mirada se perdía en el verde del pasto, o en un árbol creciendo, o en dos nenes jugando a la pelota, o en nada. Por momentos parecía mirar la nada. A veces miraba su sombra e intentaba ubicarla en mejores lugares; le daba la espalda al sol, a la pareja, a todo el parque.
Del silencio se desprendió un grito. Escuchó su nombre en una voz arrugada. Esa voz. Se aterró ante la imposibilidad de la cordura del sonido. Su pie detuvo el ritmo en el mismo instante en que sus uñas pintadas de blanco parecieron querer incrustarse en el banco. Su mirada seguía perdida, acompañada de una risa nerviosa y cejas arqueadas. Vos ya no, Enrique. Vos no podés estar acá. Se aferró a la bolsa mientras la pareja la miraba y se reía sin esconderse. Sacó un libro solo para abrazarlo.
Dos perros se acercaron y se alejaron de inmediato. Uno ladró y el otro imitó el sonido, como queriendo agradarle a su compañero. La botella seguía llena. El manto inmóvil.
Quién había gritado su nombre? Un padre gritándole a la hija? Está de moda el nombre Sara? Quiso no llorar y no pudo.
Pestañeó tres o cuatro veces. Este era tu lugar, no el mío, Enrique. Se peinó detrás de las orejas y se levantó con paciencia. Tomó la bolsa mientras caminaba y dejó la botella. La pareja de jóvenes no la vio irse. Dejó de ser importante. Sara pensaba en él. En sus domingos jugando a la bochas, en el libro entero que le escribió y qué poca bola le había dado los últimos veinticinco años, o ese último. El del ataque, el del viaje a Bariloche.
Sara tomó el micro, y se sentó en el primer asiento. Qué domingo.
El lunes entró a su despacho, su secretaria apenas la saludó. El juzgado explotaba de papeles y algunos gritos se oían en recepción. Sara bebió un poco de agua y sacó un libro de la bolsa. Leyó la primer hoja, una frase en manuscrtio. Y sonrió.

por Ignacio Champane.

lunes, 21 de agosto de 2017

Comenzar hoy


Estás por hacer algo y la magia aparece. Los sentimientos tienen nombres, pero son todo el mismo. Es como los idiomas. Que salen todos del latín, o de algún otro de nombre indoeuropeo, pero todos dicen algo parecido. Acá, la cuestión es que el idioma es el corazón, musculoso y pasional, que quiere empezar a correr despacito.
Cuando se está por comenzar una nueva etapa, cuando comienza un sueño o algo que pensaste mucho tiempo y tenés que dar más de un paso para arrancar, aparece el sentimiento. Aparece el miedo afrancesado y la ansiedad tosca y gallega. Aparece el latín puro en una idea y aparecen esos otros que no sabés ni el nombre pero dan miedo. Es todo el mismo sentimiento, un poco maquillado para bien o para mal.
Hoy comienza un día y lo arrancaste maquinando, allá por la medianoche, sabiendo que tenés que empezar a caminar con tus ideas, abrazarle los hombros y charlarlas para que siempre estén de tu lado.
Y en esa larga caminata, en tu cabeza, la familia de sentimientos enramados en la piel hacen cola para ponerte un freno, darte un consejo, ilusionarte con un futuro ideal. Pensar que pensar es hacer.

Utopías.

Pero sin darte cuenta, ya estás caminando y, por suerte, acompañado. Porque con los idiomas las palabras fluyen. Con los sentimientos las ideas vuelan y de repente ya estás en el quilombo. Como nunca lo hiciste. En tu vida corriste más de dos minutos y, ahora que sos apenas bilingüe de sentimientos se te dio por correr una maratón sin fin. Bien vos. Te convencés de arrancar cosas nuevas, y que la cabeza corra a los empujones con el corazón.

Utopías, vengan de a una.


por Ignacio Champane
ph Bansky

miércoles, 28 de diciembre de 2016

De melenas de plástico y pies chamuscados

No estoy tan viejo pero ya tengo bronca. Sé lo que va a pasar. No lo puedo evitar, y, más aún, lo voy a tener que ver y aceptar sin chistar.
Tengo veintitantos y de la única etapa de mi corta vida que no reniego ni le cambio una coma es de mi infancia.
En mi casa y alrededores aprendí palabras que otros chicos de mi escuela no conocían, como calcario, sarna, zanjón o la asfaltada, la única calle con brea que bordeaba en diagonal al barrio 19 de Febrero.
Cinco cuadras para ir a tomar el micro e ir a la escuela eran la mayor preocupación. Volver ya era rutina: mochila en el sillón; guardapolvo en una silla y cambiar largos por cortos para ir a patear al campito.
Me juré mil veces que jamás iba a ser tan melanco como la generación de mis viejos, que se jactaban de haber escuchado (con razón) la mejor música, de tener (sin razón) los juguetes y juegos más sanos, y un montón de pelotudeces más que ellos amaron y nosotros, los de los noventa nunca necesitamos.
Pero ya lo siento, lo veo venir, y aunque no tengo ni planes de tener una hija o un hijo, tengo la certeza de que ese ser diminuto, al que Las Pastillas del Abuelo le van a parecer unos viejos chotos y barbudos que cantan algo raro, esa personita nunca va a tener lo que yo tuve: a Tarzán.
Como a todo hijo único (desconozco si a los hermanados también les pasa), el mundo exterior siempre me pareció lindo, pero mucho más precario y menos cambiante comparado al universo paralelo que mi cabeza construía con lo que tenía a mano. Desde chico, salvo los soldaditos, los muñecos más bien articulados y de plástico fueron mi debilidad. Los autitos no me llenaban. Con los muñecos podía armar terrible partido de fútbol y cobrar penal en cualquier parte de la cancha. Un caballero del zodíaco cuyo nombre no recuerdo era mi jugador estrella. Curiosamente arrancaba perdiendo todos los partidos, pero él los daba vuelta.
Mis viejos nunca me hicieron notar que las gaseosas sólo se tomaban en los cumpleaños; que los Reyes Magos siempre colgaban un par de días y tomaban agua y comían pastito justo para mi cumple; que el Citroen 3CV andaba cuando quería y que era más lindo caminar hasta el súper de Los Pampeanos, y que a Mc Donald's se iba solamente el Día del Niño, porque sino hacía mal.
Algún día de agosto de esos, la vida, o Ronald, me regaló un amigo insospechado.
Mi tía Lili, solterona hasta estos días, me llevó al cine (otra cosa que se hacía en fechas especiales) a ver la peli de Disney de moda. Tarzán estaba en vasitos, en propagandas, en yogures y pochoclos. La peli, linda, hizo llorar a Lili, pero después levantó con Phil Collins y nos fuimos a Mc para terminar de llenarnos de cultura norteña.
La cajita salía cuatro pesos. Ni en mi barrio todavía había sonado la palabra corralito. Mi tía se pidió una ensalada y dentro de mi cajita vino el muñeco de Tarzán.
Pero al llegar a casa, ese muñeco semi desnudo, de tez morena y con agujeritos en la planta de los pies dejó de llamarse así. Desde que entró a la casa 152 del barrio 19 de Febrero, ese universo formado entre muñecos, arcos de fútbol, cabezones mundialistas y yo lo bautizó Jack.
Ya no era ese joven ignorante atontado de amor; ahora era el mejor muñeco del mundo y fue el que pasó a arrancar perdiendo todos los partidos, para ganarlos pegándole a la pelotita de plastilina con su melena, con sus pies desnudos.
Años y años comandando cada historia en mi soledad compartida, Jack pasó a ser leyenda. Todos mis amigos querían jugar con él, maniobrar al heroico, cuyas articulaciones se mantenían intactas desde que salió de esa caja de cartón.
Fue pasando el tiempo y los muñecos se cambian por, qué se yo. Amor? La bici, los deportes y amigos. Pero Jack siguió conmigo. Yo le prometí que, si se portaba bien, algún día iba a conocer a mi hijo, y podrían jugar juntos. Así que lo conservé. Ya tiene más de diez años, y sigue dando vueltas por mis habitaciones.
Mi novia lo mira ahí colgado de un cajón. Debe pensar que aún juego con él. Y la verdad es que muero de ganas, aunque sería algo raro, supongo. Porque algo que ya no conservo es la llave para entrar a ese universo: la imaginación.
Y hoy, cuando se está por terminar un nuevo año, me siento un iluso de pensar que un nene de este nuevo milenio va a querer jugar con ese pedazo de plástico inerte que no cambió su puta expresión en décadas. Qué pibe de ahora va a querer pasar tiempo con algo que no emite sonido, luces. Que incluso le cuesta quedarse parado sobre sus pies medio mordidos por un perro.
Yo, por las dudas, los voy a presentar. Algún día le voy a contar esta historia a mi hijo o hija, y él decidirá. Probablemente piense como yo, cuando mi viejo me mostró su fitito de hierro con el que jugaba en Azul. Sabía que nunca lo iba a disfrutar como él lo hizo. Y mi heredero tampoco. Tal vez deba guardar ese muñeco vintage, masticar la impotencia y aceptar que, como yo lo hice alguna vez, él querrá buscar su propio Tarzán.





viernes, 10 de julio de 2015

Las voces del campanario

La campana sonó tres veces por primera vez en el día, cuando tendría que haber sonado cuatro. Dante se despertó agitado, se arrodilló en su cama, miró a la ventana y la neblina no dejó aparecer a la iglesia San Benito. ¿Por qué sonó sólo tres veces? Su insomnio, cuando apenas parecía haber desaparecido, volvió con todas sus ganas.

sábado, 7 de febrero de 2015

#MicroRelato V

Navegando entre lo oscuro. Así, a ciegas y consciente de que adelante está el camino pero atrás lo importante. Aquello verdadero y verosímil que a su vez también navega, y cuando quiere toca puerto y desvanece todo lo que entre oscuridad creíste ver.

foto @nchampane

sábado, 10 de enero de 2015

Un farol que no alumbraba


(Foto: Ignacio Champané)

Ella no se movía. Miraba a su alrededor y no comprendía por qué todos corrían. Ella había despertado feliz, en medio de un mundo en discusión, pero radiante y dispuesta. Sin embargo la desesperación colectiva que había en eso que parecía más bien una parada de un ómnibus que muchos no querían tomar comenzó a inquietarla. A su lado había rejas de una ventana inexistente y un farol que no alumbraba.

domingo, 28 de septiembre de 2014

El hombre del bolso verde

"Hubo algo que vino a mi mente y no dudé en soltarlo"

Así comenzó mi charla con Eugenio Chávez Durán. Según su relato, había pasado los últimos años dando vueltas por cárceles de la provincia de Buenos Aires y parecía ansioso por contar algo anterior a su última aventura. Corría enero (en realidad ya se iba), eran las cinco de la mañana y ya no iba a poder dormirme.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Soledad


Amaba su nombre. Básicamente porque nadie la conocía por él. Todos la llamaban Sol. Tal vez pensando que era Soledad, pero lejos estaba de serlo.

martes, 9 de septiembre de 2014

Me pregunto lo mismo


No es fácil pensar. Ayer por la mañana me planteaba que la mente a menudo se enreda en momentos de tensión finita, que nada bueno dejarán a los años venideros. Pero ella, tan inocente como atenta se deja llevar en tejidos de duda e hipocresía, y por lo general se pierde. En ese instante se olvida que tenía planes, o que puede darse una vuelta por los recuerdos que más la animan. No puede salir de allí, está atrapada como en un agujero que ella misma cavó. Igual la entiendo.

lunes, 28 de julio de 2014

El viaje



No era de día, pero desde afuera venía una luz cansina que se colaba por la única ventana del baño. A ella la aterraba. No sabía qué significaba, así como tampoco esos ruidos que parecían motores grandes y cercanos.
Cerró los ojos y quiso sentir cada gota cayendo sobre sus manos, su cabeza y su cuerpo, hasta que por un momento logró olvidarse de todo lo que pasaba a su alrededor. Y viajó.